Buenos Aires. 2 de enero de 2007. Se acabaron las fiestas, pasó el último día del año 2006, y resuenan en nuestros oídos los sonidos tradicionales de estas fechas (los fuegos de artificio, los
perros ladrando a los fuegos de artificio, tres, dos, uno, ¡feliz año nuevo!, los brindis, los bocinazos, el teléfono). A nuestros oídos esos sonidos son comunes entre sí y nos refieren a estas
fiestas.
Cada festejo conlleva su tradición. A pesar de que parezca que algunas tradiciones se diluyen y hasta pueden morir por el paso del tiempo, el desinterés, o la llegada de nuevas celebraciones que
con el paso de los años aspirarán a ser tradicionales, la mayoría se mantiene y perdura
El día siguiente al último día del año es caluroso. A trabajar. Son las ocho de la mañana y el termómetro marca veintiséis grados centígrados a la sombra. Mucho calor para las ocho de la mañana.
Sobre el bondi la gente viaja muy ligera de ropa. Es pleno verano. Por eso me sorprende tanto lo que veo al pasar por la calle Ciudad de la Paz, en el barrio de Belgrano.
Ella está en el umbral de la casa, una casona antigua con rejas al frente, fruto de la inevitable inseguridad producto del crecimiento descontrolado de la ciudad más que de una estética
arquitectónica que se condiga con esa casa de dos plantas enclavada en el centro del terreno. Viste un largo vestido blanco, apoyada la espalda contra uno de los altos pilares. Tiene menos de
treinta años. Frente a ella, un muchacho de su misma edad, vestido de traje, un traje gris que debe ser insoportable con este calor. Yo llevo una camisa blanca de manga corta y no veo la hora de
llegar a la oficina con aire acondicionado.
El bondi se detiene en el semáforo, justo frente a la casa, la mujer de blanco y el hombre de traje gris. Ella gira, toma algo y se lo ofrece al hombre. Es un mate (1). Caliente.
El hombre duda antes de tomarlo, pero lo hace. Bebe. Se saca la bombilla de la boca y lo paladea. La mujer que está sentada a mi lado, junto a la ventanilla, sigue la operación con la misma
curiosidad que yo. Tiene unos ochenta años bien llevados y parece saber algo que desconozco.
-Mate con cedrón -dice-. Se lo veo en los ojos.
Y como soy conversador nato, y también curioso, no puedo evitar preguntar:
-¿En los ojos de quién?
-En los de ella, por supuesto -contesta sin dejar de ver por la ventanilla-. Espero que él sea un buen catador y no confunda el cedrón con ombú. Tienen un sabor semejante, ¿sabe?
No contesto. No conozco el sabor del cedrón ni el del ombú, ni sé de lo que habla. Pero el hombre con el mate en la mano sí: se lo entrega a la dama de blanco, y mientras ella gira para cebar
otro, saca un pequeño estuche de su bolsillo. Se lo entrega. El semáforo cambia a verde mientras ella lo abre. Es un anillo de compromiso. Se abrazan mientras los perdemos de vista.
La mujer está visiblemente emocionada. Me mira. Yo asiento. El código del mate, dice. No contesto, pero la insto con un gesto a que continúe.
-Hay un código tradicional escondido en el cebado del mate. Yo creía que ya nadie lo usaba, pero ya ve, estaba equivocada. Según el sabor del mate que recibe, el sentimiento que le quieren
transmitir. Cada mate tiene un código, cada sabor una intención, un mensaje destinado sólo a los labios de quien lo bebe. Solían utilizarlo los enamorados, pero creo en esta época no tiene mucho
sentido.
No hizo falta que le preguntara de qué hablaba. Prosiguió.
-Lo veo con una libreta en la mano. ¿Le interesa? Anote.
No tuve más remedio. Me dictó una lista de los que recordaba:
a)Mate dulce: amistad.
b)Mate amargo: indiferencia
c)Mate muy dulce: hable con mis padres
d)Mate con toronjil: disgusto
e)Mate con canela: pienso en usted
f)Mate con melaza: tristeza
g)Mate de leche: lo estimo
h)Mate hirviendo: lo odio
i)Mate con cedrón: acepto
j)Mate con ombú: no deseo volver a verlo
k)Mate con miel: cásese conmigo
l)Mate frío: desprecio
Me despedí de la mujer al llegar a mi parada. Tal vez me permita invitarle un mate dulce algún día, le dije. Hace años que no pruebo uno, me contestó. Acepto.
Mientras caminaba al trabajo me puse a pensar por qué con mis amigos solíamos tomar mate amargo, si tenía que ver con el código. Concluí que sí, que tenía que ver con un código, con el nuestro,
que no tenía que ver con el del mate.
(1) Mate: infusión preparada con hojas de yerba mate, previamente cortadas, secadas y molidas. Se toma en un recipiente de calabaza, con un sorbete llamado bombilla, que filtra el líquido en el momento de beberlo.
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Publicado en El Heraldo Hispano, Iowa, USA, enero 2007